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Un 25% de los pacientes que sufren de depresión y no responden a los tratamientos farmacológicos pueden someterse a la terapia de estimulación cerebral para tratar su depresión. Recostados en un sillón, se coloca sobre su cabeza una bobina que emite impulsos magnéticos que generan una corriente eléctrica que activa las zonas implicadas en la alteración emocional. Esta técnica acaba de recibir la aprobación para ser utilizada en Estados Unidos, aunque se viene utilizando desde hace más de una década en varios países, entre ellos España.
El organismo estadounidense que regula la aprobación de fármacos, alimentos y dispositivos médicos, la FDA, acaba de aprobar el primer aparato para suministrar la terapia magnética transcraneal: Neurostar TMS, de la empresa Neuronetics. Este procedimiento ya ha sido administrado a más de 10.000 pacientes.
A diferencia del electroshock, la estimulación magnética no provoca convulsiones, no precisa anestesia y tan sólo presenta efectos secundarios muy leves y transitorios, como dolor de cabeza. Se aplica durante cuatro a seis semanas en múltiples sesiones de 30-40 minutos cada día, y lo normal es que el paciente no sienta ningún tipo de molestia. Su funcionamiento es sencillo: cuando una corriente eléctrica pasa por una bobina de cable de cobre sobre la cabeza del paciente genera un campo magnético que penetra en la piel, el hueso y el cerebro.
Esta es una forma de inducir cambios en el sistema nervioso mucho más controlada que la que se consigue con el electroshock. Aunque el fin es el mismo: potenciar el correcto funcionamiento de los circuitos de neuronas que están poco activados en las personas con depresión. Algo importante de la estimulación magnética es que, al modificar la franja de la corteza cerebral y por un efecto en cadena, se altera también otras áreas que están conectadas con ella. Desde esa perspectiva, la depresión puede ser considerada como una circuitopatía, es decir, «una enfermedad de circuitos». La estimulación magnética permite "recargar" las neuronas y restablecer esas conexiones que se han perdido.
Los destinatarios deberían ser personas con depresiones graves y persistentes adecuadamente estudiados y supervisados, y no tendría sentido aplicar la neuroestimulación a individuos con cuadros de desmoralización o insatisfacción condicionados por factores sociales o de personalidad, cuyo manejo debería ser psicológico. Es decir, no se debe usar en reemplazo de las terapias farmacológicas, sino como un arma más.
En general, ha sido administrada a enfermos que llevan mucho tiempo con depresión y tan probado diversos tratamientos, lo que ha llevado al establecimiento de numerosos cambios en el cerebro que hay que revertir. Si se suministrase de forma más precoz, tal vez aumentaría su eficacia.
El electroshock data de finales de 1930, cuando aún no existía ningún psicofármaco. La ausencia de otros tratamientos propició su aplicación a todas las personas con trastornos mentales, lo que produjo numerosos fracasos terapéuticos. Además, se administraba sin anestesia y resultaba muy dolorosa. Cuando aparecieron los primeros fármacos, el electroshock se desvaneció. En los últimos años se ha rehabilitado porque su eficacia es mayor que la de la estimulación magnética, aunque precisa anestesia y posee como efecto adverso la pérdida de memoria.
La estimulación magnética transcraneal se emplea en el tratamiento de la depresión y en otras patologías psiquiátricas y neurológicas: Enfermedad de Parkinson y distonía, Esquizofrenia y trastorno obsesivo-compulsivo, Ictus y Dolor crónico.
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