Demencias y depresiones son las únicas patologías mentales que crecen en España

¿Está produciendo la crisis un aumento de las enfermedades mentales? El catedrático de Psiquiatría de la Universidad de Oviedo Julio Bobes afirmó que crecen las demencias y los trastornos depresivos, pero no aumentan los ingresos hospitalarios ni el número de consultas en el sistema público. Tampoco lo ha hecho el número de suicidios. Cada centro de salud mental soporta al año unas mil primeras consultas derivadas de los centros de atención primaria. Son cifras que se mantienen estables desde hace años. 

 

Bobes ofreció una serie de argumentos que ponen de relieve la importancia de las patologías que centran el XV Congreso nacional de psiquiatría, que comenzó ayer en Oviedo y que congrega hasta el viernes en el Palacio de Congresos a unos dos mil profesionales, la mitad de los psiquiatras que trabajan en España, según destacó el catedrático asturiano, presidente del comité organizador. Un ejemplo numérico: hay en el mundo unos 330 millones de enfermos mentales. Un tercio de las personas con enfermedad mental grave no ha sido diagnosticado. 

 

La primera jornada del congreso contó con un acto simbólico, la firma de la Declaración de Oviedo contra la discriminación y el estigma hacia las personas con enfermedad mental, un texto que exige a la sociedad «perder los miedos y reaccionar de forma más solidaria» frente a los enfermos, «romper los tabúes y los mitos», «reconocer las competencias y las habilidades de este tipo de enfermos», «redoblar los esfuerzos para su integración social» y «erradicar los términos ofensivos, imprecisos e inadecuados que generan confusión, alarma y recelo».  También la Organización Mundial de la Salud (OMS) cambiará en breve la denominación de «retraso mental» por la de «trastorno del desarrollo intelectual». 

 

El profesor Bobes reclamó que los psiquiatras puedan seguir prescribiendo medicamentos por marcas y no por principio activo tal como ordena el reciente real decreto: «El Ministerio de Sanidad ya consiguió lo que quería, y es que las multinacionales farmacéuticas adecuen sus precios a los del genérico. A igualdad de coste, nos quedamos con las marcas». 

 

El argumento estriba en la singularidad de los enfermos: «Muchos no creen que padecen enfermedades y tienden a no tomar la medicación. Para estas personas cambiarles el nombre del medicamento o el color de las pastillas es un problema». 


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